En ciertas circunstancias callar es mentir. Así lo aprendí de Miguel Unamuno, de todos modos y por más que exalte ese principio vital, incumplo en incontables veces el concepto valiente que el pensador español agitó frente a las banderas del terror, la represión y la muerte del fascismo en plena Guerra Civil Española. Le costó su muerte, triste y recluido, mas no ahorró saliva en decir lo que debía.
Pero como políticamente es correcto no mentir en esta ocasión tan sencilla y que implica un escaso compromiso, diré que esta imagen tiene alrededor de 28 años de antigüedad, quizás algún mes más por ahí. Próximo a cumplir mis tres décadas, es fácil sacar la cuenta de qué edad tenía al momento de haber sido eternizado por la cámara de alguno de mis padres, quién sabe cuál de ellos.
Mirada sorprendida, descubriendo una vida que ya iba a llegar, inocentes ojos castaños, amplios como podrían aún serlos hoy pero a los cuales, por diversas circunstancias, el acero que pende de mis párpados disminuye en gesto taciturno. Preferiría seguir teniéndolos gigantescos y frescos, frágiles y dulces.
Sin embargo esas manitos buscando apoyo para no caer... eso sí nunca se iba a superar. Las caídas han sido tantas, a cada cual más dura, que esas manitos, hoy un poco más cansadas y menos simpáticas, siguen buscando apoyo. Ese gesto fraternal tan esquivo, tantas veces, tantos ocasos perdidos. Tantas batallas disputadas, y de tantas batallas nunca sale un ganador: En la guerra, perdemos todos.
Aún así, esa mirada espera, y no claudica, aunque como dice la versión poética "deba pisar brasas / con estos pies vencidos / enloquezca bajo el áspero / rugido de los hombres aturdidos / ensordezca añorando / el silencio de rincones / perdidos".
Pasaron casi treinta años. Pero la esencia nunca ha cambiado. Firme desde hace demasiado tiempo en algunos conceptos mamados desde la infancia, he avanzado con irritante lentitud muchas veces, y con enternecedora y tozuda ceguera otras más escasas pero no por ello menos relevantes oportunidades. Por suerte, siempre al destino deseado. Aunque más tarde que a tiempo, claro, pero eso es material para otra autobiografía.
Pink Floyd afirma en su histórico "Confortably Numb" aquello de que "el niño creció, el tiempo pasó, el sueño se fue". Es posible. Pero también es factible que el sueño del hombre recién esté comenzando. Que hasta ahora sólo hayan sido equívocos fogonazos y que el combate más apasionante aún esté por venir. Y aún así, o por ello mismo, deba atravesar tormentas y complicados desfiladeros, rápidos de temer y me alcancen incesantes rayos en el camino, pero he de seguir. Contra viento y marea. En memoria del niño que se fue, habré de llegar al destino para el cual alguna vez comencé a caminar. Con ojos inocentes, sin ojos tristes. Con manos dulces, no congeladas. Con el alma llena de caricias. En memoria del niño que no está, avanzaré.

1 comentario:
Un relato conmovedor para quien te conoce, que transmite una dosis de esperanza de su autor, pero esa que tuvo que buscar en la tristeza del desncanto, y que por eso tiene fuerza, aunque está sacudida... Seguramente ese niño que fue tenía la ventaja de no haber transitado caminos no tan agradables, pero el hombre que es hoy tiene las armas que sólo te da la vida bien vivida... con dignidad y coherencia. Un compañero de ideales es un tesoro muy difícil de encontrar en tiempos aciagos. Por eso celebero el encuentro.
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